Cuando el médico me dijo que sentiría una sensación de calor en la cara, el pecho y la zona genital, confieso que me entusiasmé.
En
el bar de enfrente de la clínica estaba esperándome un hombre al que
estaba por conocer y lo que me tenía preocupada, no eran los ocho vasos
de líquido de contraste ni el yodo que me iban a inyectar en la vena,
sino que llegaría tarde a la cita.
No me gusta hacer esperar a la
gente. Es algún tipo de trauma. Dicho de otro modo: no me gusta hacer
aquello que odio me hagan y tal vez mi problema con las esperas es la
especie de ejercicio vocacional que ejerzo con ellas. Puede tener que
ver con miedo a afrontar las cosas. Algo así como "no acción";
simplemente me siento a esperar que algo suceda sabiendo de antemano que
lo único que sucede es el tiempo. Así es como vivo, lo que en realidad
tiene un solo sinónimo: espero.
Lo que pasó dentro de la sala no
tiene nada de emocionante, un pinchazo en la vena mala, la guía, el
antihistamínico y luego el escaner de mi cuerpo a 4 colores RGB. Lo
normal, excepto una breve sensación de incendio, algunas bromas que
hacían los médicos como para distender un momento que sólo me resultaba
engorroso porque estaba llegando tarde y no me gusta que me esperen.
No
pensé ni por un segundo que me harían desvestir. Era obvio, pero no lo
tuve en cuenta. Es decir, cuando uno va al ginecólogo o a cualquier otro
especialista sabe, se prepara de determinada manera. Lo mismo sucede
con las citas. Si son románticas, si son primeras citas, si hay
cuestiones laborales de por medio. El no tener pareja y la total
libertad de establecer relaciones con diferentes hombres implanta en uno
ciertas rutinas de cuidados específicos. La apariencia exterior tiene
pocas variantes, debajo de la ropa, depende del caso.
Cuando el
médico me cubrió con una manta me sentí un poco avergonzada: no me había
depilado. En esa sala hacía demasiado frío y le agradecí el gesto,
aunque en realidad sé que fue ahí cuando vio mis piernas y creo que
hubiera preferido congelarme a exponer el grado máximo de mis miserias.
Al
salir tuve incontenibles deseos de vomitar. En el baño me quedé sentada
esperando que pase o suceda. Otra vez esperar. Y la sensación se fue.
Me miré en el espejo y me vi muy pálida, el cabello demasiado
electrizado. No era más que una reunión de trabajo pero nunca se sabe
como puede funcionar la heterogénesis de los fines y la apariencia
externa no debe variar. O sea, no es que pueda hacerse demasiado, pero
ya que lo hacemos que sea lo mejor que se pueda.
Tomé mis cosméticos y
me maquillé como a la mañana antes de salir de casa. Un poco de base,
rubor, delineador y apenas un toque de rouge para dar brillo. No me
quedan bien los labios pintados. No ahora. Hace algún tiempo solía
realzar la boca. Mi boca era bonita. Ahora no lo sé, mis facciones
cambiaron, el rostro se fue consumiendo, el tejido se reabsorbió y
quedan huecos por todas partes. El maquillaje convierte las facciones en
algo burdo. En lugar de mejorar acentúa los defectos.
O es que nunca supe maquillarme bien.
No
tengo demasiadas envidias, no más de las corrientes. Claro que quisiera
ser más alta, tener brazos finos, digo: una belleza armónica, prolija,
no demasiado rimbombante. No pretendo ser una modelo, no es eso. Creo
llevar bien mi edad y he tenido épocas de mucha más disconformidad con
mi cuerpo que ahora. Es decir, me conformo. Pero sí envidio
poderosamente a las mujeres con buena piel. Cuando digo buena piel no me
refiero a arrugas. Esas son parte de lo inevitable y tienen su gracia.
Me refiero a lunares, pecas, manchas, comedones y ese tipo de
imperfecciones que más tienen que ver con lo hormonal. Envidio los cutis
tersos, cristalinos, que siempre parecen recién lavados. No tiene que
ver con juventud. Conozco mujeres mayores que yo que tienen esa virtud,
la mejor de las cualidades que engloban la belleza. La piel es el órgano
más importante del cuerpo. Es el que se muestra en la apariencia
externa.
La piel es tu pancarta.
Cuando estoy en planta baja siento ganas de vomitar nuevamente.
El
hombre está esperándome. Es muy alto, parece tener diez años menos de
los que acusó por teléfono. Está en buen estado físico y más tarde sabré
que es porque entrena mucho y se dedica básicamente al deporte. No está
mal. Creo que para cualquier mujer del planeta resultaría atractivo. No
para mí. Es demasiado aséptico, pulcro, hay algo femenino en su
aspecto, tiene una piel que, si fuera de mujer, envidiaría. Y manos
grandes.
Las manos grandes me gustan. En alguna época me parecían un
detalle importante. Hasta que me enamoré de un hombre que tenía manos
pequeñas, todo él era pequeño y me di cuenta que la verdadera armonía
está en el semejante, el encastre justo. Además estaba el amor, esa
especie de dispepsia emocional, que luego sería la náusea de la
ansiedad, el retorcijón del desasosiego, la fiebre de la angustia, el
mareo del deseo.
Quiero decir, los detalles se pierden cuando el
sentimiento es poderoso, la atracción es racional, pasa por un carril
diferente. Supongo que una mezcla química-sexual-intelectual. La
similitud con uno. La cosa afín.
Luego de él, siempre me
atrajeron los hombres bajos, pequeños. Aunque esa pasión que sentí no
volvió a repetirse jamás. El tiempo y las frustraciones hacen que la
atracción hacia el otro cambie, todo es más ficticio o forzado, el amor
no vuelve a suceder, aunque uno siga esperándolo, por idealismo, o
ingenuidad o por pura vocación.
Sería algo más o menos así: sin darte
cuenta pasás de estado sólido a gaseoso. Una vez flotando,
intermitencias, alerta meteorológico. Luego tormenta eléctrica.
Y
llovés. Llovés mucho hasta quedar líquido en un charquito que se congela
con el frío y no hay sol, o mejor dicho, los soles cada vez calientan
menos.
Esto es lo que ocurre. El hombre es atractivo, tiene una
conversación interesante, coincidimos en David Lynch y me revela un par
de pistas en las que no había pensado antes. Es inteligente. Es
tolerante, ha esperado cuarenta minutos en ese bar. Ha soportado que
saliera a fumar en mitad de la conversación, no lleva anillo. Pagó la
cuenta, quedó en llamarme para volver a encontrarnos.
Por un momento
imaginé esas manos largas acariciándome. Pero fue un instante, una
sensación transitoria de calor, menor a la del yodo corriendo por mis
venas horas antes.
En estos días, pensé bastante en la muerte.
Pero no en forma temerosa, ni tampoco porque me preocupe. Me inquieta
imaginarme en una larga convalecencia antes de la agonía. No tengo claro
quién, fuera de mi familia y pocos amigos, vendría a traerme libros o a
conversar un rato, a hacerme compañía; me alarma no saber si en la
clínica podré escribir, si tendré la fuerza suficiente como para
despedirme del mundo con palabras, si podré dejar testimonio hasta el
último momento. Ese tipo de cosas
Tengo demasiadas ideas para
desarrollar. Muchos apuntes por rellenar y morir en breve sería una
verdadera pena. Porque este es mi mejor momento creativo y tengo mucha
fe en mis capacidades.
Quiero decir, no sería justo morir ahora.
Quiero decir, me intranquiliza que no haya un hombre en especial que sufra por mi muerte.
En
una calle perpendicular a Cabildo hay una feria americana que vende
ropa usada a precio de nueva. Pero la dueña tiene uno de los mejores
sentidos estéticos que conozco. Un buen gusto innato. Todo allí es
comprable. Tal vez ella sea o haya sido curadora de alguna galería o
museo. Suelo confundirme bastante con los criterios de belleza. No
coincido con mucha gente, sin embargo, esa mujer elije cada una de las
prendas que vende como si fueran obras de arte.
Y lo son.
Me
pongo a revolver entre los percheros de vestidos de fiesta que jamás
compraría porque no voy a fiestas y porque creo que los vestidos de
fiesta son para gente muy diferente a mí. Conceptualmente diferente. En
todo sentido, a eso me refiero. Sin embargo me quedo embelezada frente a
un solero de seda con un bordado de dibujos extraños. Algo hindú. Es en
este momento en el que soy consciente de que lo que llamaría “ataques
de fantasía súbita”, está por empezar.
Sucede de esta manera: a
veces tengo la sensación de estar viviendo en un plano irreal, una vida
aparente. Como si estuviera del otro lado de la vida, en otra
frecuencia, o fuera la representación de la vida de otra persona. Una
actriz que hace “de”. Hay algunas percepciones que creo únicas por esa
cuestión egocéntrica que me ronda y acecha; lo más probable es que sea
un sentimiento universal. Es posible que cuando se lo plantee a mi
psiquiatra me lo aclare, pero de momento me gusta pensar que soy la
única persona del mundo que siente así o hace cosas que considero
particulares:
Por ejemplo, según el ritmo de mis pasos, tarareo
imaginariamente una determinada música en la cabeza. Llevo ritmo. A todo
le marco el ritmo.
Por ejemplo, observo mucho a la gente por la calle. Tomo notas. Es una actitud compulsiva.
Con
frecuencia quisiera desconectar y volver a ese mundo paralelo y no lo
consigo. Así como estoy demasiado atenta a cualquier disparador que me
motive a escribir algo, necesito momentos de ensimismamiento.
Considero
fundamental encontrar ratos donde la cabeza pare de pensar. Mis sueños
suelen ser una continuación, como un apéndice de mis obsesiones. No
descanso jamás pese a tener ahora mismo demasiado tiempo para hacerlo.
Dicen
que los ejercicios de meditación funcionan, soy dispersa, no creo que
pueda lograr concentración como para llegar a un estado de blanco total.
Siempre me sorprendió la capacidad que tienen los hombres de dormir profundamente. Cierran los ojos y ya, al sueño sin escalas.
Mi
padre decía: "pongo la mente en blanco". Y luego roncaba
polifónicamente. Nadie podía dormir en un radio de quinientos metros de
distancia de él.
Poner la mente en blanco. Sería genial poder experimentar algo así. Soy obsesiva hasta cuando estoy bajo los efectos de drogas.
Esto es: uno no puede evadir a su propia naturaleza.
Hace
unos días leí algo así: escuchar los deportes antes de acostarse es una
buena técnica para no dormirse pensando en uno mismo.
Tal vez ahí
esté la clave. Creo que el fútbol marca la real diferencia entre hombres
y mujeres. Ese es el abismo por el cual jamás podremos entendernos. El
porqué somos tan diferentes.
Aunque pusiera todo mi empeño, me resultaría imposible pensar en deportes.
No sé como se me verá de afuera. No suelo pensar demasiado en eso, me preocupa verme por dentro.
El cuerpo por dentro es bastante desagradable, nervios, tejidos, sangre, fluidos, hay demasiada oscuridad.
Y
está la soledad: frente, detrás, de costado a uno. Es parte del juego.
Creerse únicos tiene esos bemoles, asimismo, ver mi interior me da
consciencia de lo efímero, de lo defectuoso. En resumen: de lo humano.
Con
mi nuevo abrigo negro con capucha de piel luzco como una modelo de
afiche de vacaciones en Suiza. Algo sofisticado. Contrasta con mi color
de cabello, ensombrece prácticamente toda mi cara, me gusta como mi nuevo peinado desaparece ante la tela oscura.
Creo que esta es una gran toma.
Se edita.
Hay detalles que son importantes en la apariencia externa y todo se puede disimular de alguna manera. O embellecer.
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Supongo
que ya fue suficiente, que este es el momento apropiado para confesar
que nada de lo narrado hasta el momento sucedió en realidad, o al menos
no fue exactamente así.
Ahora, sin ningún tipo de remordimientos y
con una especie de liberación puedo contar la verdad de los hechos: el
hombre del bar no esperó. Ni siquiera sé si fue a la cita.
En
determinados momentos hay que recurrir a recursos narrativos que sean de
interés. No hay gracia alguna en una cita inconclusa, de todas maneras
mi cita ficticia tampoco la tuvo. Digo: posiblemente en el fondo sea
honesta y me resulte inconcebible la idea de escribir ficción siendo
sincera. Allí la realidad se convierte en otra cosa, en algo figurado,
en una fantasía donde las posibilidades son innumerables, donde se puede
alterar la realidad a la medida del gusto propio o el del espectador. O
tal vez del sentido estético de la dueña de esa feria americana que en
realidad era una feria de tantas, llena de ropa húmeda, vieja, gastada.
Sucede
nuevamente, el loop que me lleva a la "fantasía súbita" de la que
hablaba: entonces, esto que estoy pisando cuando camino y llevo el ritmo
de los pasos no es más que el set de grabación de una película de
otros. No soy la guionista ni la directora. Soy sólo una actriz a la que
no le sientan bien los primeros planos.
Soy la actriz cuyo papel es una espera continua.
Por
cierto, el hombre del que me enamoré aquella vez era casado. No hubiese
quedado bien hacer esta aclaración cuando hablé de él. De inmediato me
hubiera sentido juzgada y con veredicto “culpable”. Lo cierto es que
siento casi exclusivamente atracción por todo lo que no pueda ser mío
por completo, es una manera de alimentar la insatisfacción y también es
una excusa para que la vocación por la espera de alguna manera se
justifique. Y esto se traslada a casi todas las cosas.
Esperar
también necesita de algún apoyo sólido. La ilusión o la fe, que en este
caso son una misma y única cosa, juegan un papel fundamental. Siempre
es excitante imaginar que algo va a llegar, aunque no se sepa
exactamente qué o aunque ya esté instalado en tu vida.
Trucos de distracción a la razón. Así llamaría yo a estas prácticas.
Y
en realidad estaba depilada. Siempre estoy depilada y soy muy cuidadosa
de mi aspecto físico exterior e interior. Sin embargo mostrar en el
comienzo del relato ese detalle hubiera puesto de manifiesto mi velado
deseo de acostarme con el hombre del bar. No hubiera quedado bien. Tener
ese tipo de pensamientos previos a que te inyecten y escaneen, deseos
hacia alguien a quién aún no conocés y con el que te encontrarás en una
reunión de trabajo.
No sé si se entiende.
Quiero decir: no necesito que se me acuse de ligera o fácil. No en una primera instancia.
Escribir
una historia parece tarea simple, sin embargo hay un sinnúmero de
dificultades que se presentan. Montones de agujeros negros, la
verosimilitud es importante. Podés estar contando el hecho más
desopilante y mágico, pero ese hecho tiene que ser creíble. El lector
tiene que sentirse identificado de alguna manera, aunque sea en forma
inconsciente.
Ahí, en el inconsciente es dónde se guardan las ideas
más absurdas. Un gran arcón del tesoro. De allí, de la imaginación
fantástica es que nacen las grandes historias y supongo que si algo
gusta, si se logra esa identificación es porque los subconscientes son
parecidos los unos a los otros. Vuelvo a los parecidos, a la búsqueda de
pares, a las afinidades, vuelvo entonces a los contraposición de la
idea de individualismo, unicidad, solipsismo.
Quiero decir:
íntimamente nadie quiere estar solo y el que se jacte de su magnífica
soledad miente. Como miento yo cuando relato, e incluso cuando digo la
verdad. Se omiten detalles que no parecen tener importancia y son el
caldo gordo de los psicólogos. De detalles, de breves acontecimientos es
que estamos hechos. Y son molestos porque nos condicionan a elegir un
rumbo u otro.
Elegir es lo más arduo, por eso esperar que el destino o
lo que sea decida por nosotros es lo mejor. Aunque, de todas maneras lo
único que con seguridad sucede es el tiempo.
Por otra parte, no
existe sinónimo adecuado para la palabra esperar, excepto vivir. Y ya
sabemos que al final el logro, lo que se consigue es exactamente igual
para todos. Más tarde o más temprano, más doloroso o más liviano.
Mientras
eso transcurre hay que intentar dejar algún símbolo que represente que
hubo instantes que valieron la pena, mentiras incluidas.
Por último, la sensación de calor que da el yodo no se acerca ni por asomo a la de una excitación sexual, pero es algo.
archivado en: felicitaciones si llegaste hasta acá.