(Entre el agua de las lentejas y nosotros hay algunos problemas)A la mañana siguiente, cuando escurrimos las simpáticas legumbres, una sensación de desasosiego nos invade. Una duda, un interrogante que nos tendrá inquietos durante, por lo menos, veinticinco segundos. ¿Y el agua? ¿Qué hacer con el agua de las lentejas?
Somos personas de bien. Confiamos en la redención y el reciclado, creemos con fervor que todo, hasta la combinación de moléculas más insignificante, merece una última oportunidad.
Pero lo hacemos por egoísmo puro. Sabemos que no podríamos dormir tranquilos sin la certeza de que hemos hecho todo lo posible, aún sabiendo que cualquier intento sería malgasto, que el agua de las lentejas (como todo) se perderá como lágrimas en la lluvia y los Replicantes no tendrán lugar en esta tierra de lentejas auténticas, sabrosas, con mucho chorizo colorado y panceta. Tal como lo habíamos previsto cuando invitamos a "X" a almorzar con la esperanza de que por lo menos trajera un vino o una sopa inglesa.
Es triste. Nos tomaríamos el agua de las lentejas, pero es tarde porque se le formó arriba una babita blanca (esto sucedió por hacer oídos sordos a los consejos sabios que decían: "ponle bicarbonato en el hervor, hazlo como
antes")
Lo que nadie quiere entender es que
antes teníamos el aparatito que potabilizaba el agua y todo se organizaba mejor, sin más ingredientes que la sed. En cambio
ahora, tenemos Pepsi bien fría y también, algunas veces, un Cachafaz de Maizena. "Para engordar a gusto", decimos displicentes.
Haríamos otras lentejas y tendríamos la precaución del bicarbonato (o ácido bórico que además es un buen recurso para la exterminación de cucarachas), esterilizaríamos los frascos, pasaríamos antes por el kiosco para que el bajón no nos encuentre desprevenidos. La verdad es que no sería un esfuerzo descomunal, pero ¿tendría sentido?
¿Sería el dulce de leche lo suficientemente embriagador teniendo en cuenta que cachafaces ya hemos comido muchas veces y sabemos con total seguridad que
ahora no vienen tan frescos?
Por otra parte, si la Pepsi se vierte en un vaso que está quebrado, ¿no sería un riesgo enorme que nos manche la alfombra o el verger?
Entonces, de nuevo a limpiar, quedando algo cansados, algo decepcionados, porque sabemos que la Pepsi afloja bulones y tornillos y es posible que también logre levantar algunas maderas del parquet y así, cuando el charco se extienda, será imparable. No queremos pensar qué le pasaría a nuestro motherboard que está tan cerca y expuesto para que se ventile.
Otro tema (otro problema) ¿Si la babita blanca fuera el moco de dios? ¿Acaso seríamos capaces de cometer tal felonía, blasfemia, pecado venial? No somos adeptos a los templos, pero que los hay los hay.
Cuando la cebolla se blanqueó, es el punto justo en el que
hay que sacarla (y
olvidarla en un costado) Nada más desagradable que comer las lentejas pasadas de punto.
La mesa es un detalle importante. No han de faltar velas, ni flores, ni esa vajilla que compramos especialmente (aunque esté fuera de moda)
Y la pregunta típica: ¿Qué nos ponemos? ¿La camisa de seda, la pollera acampanada?
¿El pañuelito que tiene el damero, ese que pagamos en cuotas y todavía
se debe?
Entonces nosotros vamos y tiramos el agua de las lentejas. Sin remordimientos. Llamamos a los amigos y organizamos una lentejada de puta madre.
Y el que queda afuera se jode. No aceptaremos súplicas, no contestaremos al llamado desesperado ni al timbrazo neurótico, no abriremos la puerta por más Malbec e Isla flotante que prometa.
Perdió el turno. La
oportunidad.
Y las
moscas siempre nos molestaron mucho. Especialmente un domingo en la mañana cuando uno quiere descansar un poco más porque a la noche habrá fiesta, fiesta, pluma, pluma gay.
Con lentejas y lentejuelas.
El agua que sobró no importa. A esta altura ya ha de estar mezclada con el Río de la Plata y algún pez, es posible, ha sido protegido de la contaminación por la acción benéfica de la babita blanca rodeándolo cual madre protectora.
Lo hemos logrado.
Muy bien diez, felicitado
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