21.5.09

Cielos

A Dani

Algunos cielos, éste por ejemplo, el que se recorta desde la diminuta ventana, o la parte que ella deja ver porque el lazo de amor le asfixia la luz, porque es tan difícil de abrir, porque no basta con estirar el brazo izquierdo, el que duele tanto.
Como si no fuese algo natural hacer que corra por el carril y dejar que entre el aire, porque apenas habrá medio metro de distancia, porque es un esfuerzo enorme, porque hay que hacerlo, abrirla-cerrarla, abrirla-cerrarla infinidad de veces, según cantidad de cigarrillos, según estación del año, según lluvia o frío.

En tono solemne un hombre anuncia a una señorita que quedará en La Academia.
Eso se escucha desde aquí. Ya ves, no estoy tan sorda.
Cuando no estás, el silencio se llena de lavarropas automáticos, de música tecno, de televisores y conversaciones que —cuando vos estás—, imaginamos son entre dos gays, o un padre y un hijo o dos adolescentes bailando sobre los sillones.

Pero otra vez me fui de tema y aún ahora, en este sitio que siento tan nuestro, no puedo parar de hablarme sola.

Decía de algunos cielos, por ejemplo, el que hoy te ve y es tan lejano, amor, que no puedo imaginarlo.
¿Se recortará desde una ventana diminuta? ¿Habrá algo en el aire, algún humo, algo tóxico que te recuerde mi perfume?
Yo no sé.
Yo no sé mucho, pero sé de cielos.
El que escondía a la luna que juntos esperábamos en esos sillones con olor a milaños.
El que vimos parcelado por las ramas del inmenso árbol de la plaza, antes de que la encerraran en esa celda infame.
Y este cielo, el que surcaste dividiendo las mitades: vos-yo, acá-allá.
Voy a dejar la ventana definitivamente abierta.
El brazo izquierdo duele tanto.

archivado en: delicias de Malabia o el amor y la literatura no son animales compatibles

13.5.09

Shut down/deconstrucción

(Entre el agua de las lentejas y nosotros hay algunos problemas)


A la mañana siguiente, cuando escurrimos las simpáticas legumbres, una sensación de desasosiego nos invade. Una duda, un interrogante que nos tendrá inquietos durante, por lo menos, veinticinco segundos. ¿Y el agua? ¿Qué hacer con el agua de las lentejas?
Somos personas de bien. Confiamos en la redención y el reciclado, creemos con fervor que todo, hasta la combinación de moléculas más insignificante, merece una última oportunidad.
Pero lo hacemos por egoísmo puro. Sabemos que no podríamos dormir tranquilos sin la certeza de que hemos hecho todo lo posible, aún sabiendo que cualquier intento sería malgasto, que el agua de las lentejas (como todo) se perderá como lágrimas en la lluvia y los Replicantes no tendrán lugar en esta tierra de lentejas auténticas, sabrosas, con mucho chorizo colorado y panceta. Tal como lo habíamos previsto cuando invitamos a "X" a almorzar con la esperanza de que por lo menos trajera un vino o una sopa inglesa.

Es triste. Nos tomaríamos el agua de las lentejas, pero es tarde porque se le formó arriba una babita blanca (esto sucedió por hacer oídos sordos a los consejos sabios que decían: "ponle bicarbonato en el hervor, hazlo como antes")
Lo que nadie quiere entender es que antes teníamos el aparatito que potabilizaba el agua y todo se organizaba mejor, sin más ingredientes que la sed. En cambio ahora, tenemos Pepsi bien fría y también, algunas veces, un Cachafaz de Maizena. "Para engordar a gusto", decimos displicentes.
Haríamos otras lentejas y tendríamos la precaución del bicarbonato (o ácido bórico que además es un buen recurso para la exterminación de cucarachas), esterilizaríamos los frascos, pasaríamos antes por el kiosco para que el bajón no nos encuentre desprevenidos. La verdad es que no sería un esfuerzo descomunal, pero ¿tendría sentido?
¿Sería el dulce de leche lo suficientemente embriagador teniendo en cuenta que cachafaces ya hemos comido muchas veces y sabemos con total seguridad que ahora no vienen tan frescos?
Por otra parte, si la Pepsi se vierte en un vaso que está quebrado, ¿no sería un riesgo enorme que nos manche la alfombra o el verger?
Entonces, de nuevo a limpiar, quedando algo cansados, algo decepcionados, porque sabemos que la Pepsi afloja bulones y tornillos y es posible que también logre levantar algunas maderas del parquet y así, cuando el charco se extienda, será imparable. No queremos pensar qué le pasaría a nuestro motherboard que está tan cerca y expuesto para que se ventile.

Otro tema (otro problema) ¿Si la babita blanca fuera el moco de dios? ¿Acaso seríamos capaces de cometer tal felonía, blasfemia, pecado venial? No somos adeptos a los templos, pero que los hay los hay.

Cuando la cebolla se blanqueó, es el punto justo en el que hay que sacarla (y olvidarla en un costado) Nada más desagradable que comer las lentejas pasadas de punto.

La mesa es un detalle importante. No han de faltar velas, ni flores, ni esa vajilla que compramos especialmente (aunque esté fuera de moda)

Y la pregunta típica: ¿Qué nos ponemos? ¿La camisa de seda, la pollera acampanada?
¿El pañuelito que tiene el damero, ese que pagamos en cuotas y todavía se debe?

Entonces nosotros vamos y tiramos el agua de las lentejas. Sin remordimientos. Llamamos a los amigos y organizamos una lentejada de puta madre.
Y el que queda afuera se jode. No aceptaremos súplicas, no contestaremos al llamado desesperado ni al timbrazo neurótico, no abriremos la puerta por más Malbec e Isla flotante que prometa.
Perdió el turno. La oportunidad.

Y las moscas siempre nos molestaron mucho. Especialmente un domingo en la mañana cuando uno quiere descansar un poco más porque a la noche habrá fiesta, fiesta, pluma, pluma gay.
Con lentejas y lentejuelas.

El agua que sobró no importa. A esta altura ya ha de estar mezclada con el Río de la Plata y algún pez, es posible, ha sido protegido de la contaminación por la acción benéfica de la babita blanca rodeándolo cual madre protectora.
Lo hemos logrado.
Muy bien diez, felicitado

archivado en: el que roba a un ladrón

5.5.09

Apoplejía

Estoy mirando esta pared como si fuera ayer y mis cuarenta y cinco redondeles diarios me avisan que antes, esta pared era de otro color.
De todos modos, miro con ojos demorados —o eso intento—, la memoria es como un reflejo en la ventanilla de un tren de alta velocidad. No muestra árboles ni casas. Afuera todo muere, cae.
Sigo mirando aunque no vea más que pequeñas partículas inoxidables, vientos que dejaron entrever algo y cerraron sus manos apretando lo que había.
Lo que había.
Porque había algo
Más que algo, digo: había cosas, casas, árboles que no caían, trenes desde donde hacíamos muecas o disimulábamos el cruce de miradas.
Por ahora, dos píldoras ayudan a aliviar el dolor.

Suena una canción que dice: Porque no sé pedir, a quién, ni dónde. Si al menos no fueras tan soberbio y te mostraras humano y razonable, yo te creería hasta la mentira más absurda

Si hay que recorrer tantos kilómetros, si todo es lejano o no es, como cuando ves barcos pasar y estás en una avenida sin sol. En un océano ennegrecido que de pronto da luz a una ola que lo hace resplandecer de gozo.
Veo ayer. Esta pared me dice que hoy, mañana son la misma estúpida terquedad, permanencia, inevitable destino.
Siempre sola, aunque no.
Como un holograma que descansa en la cama, encadenado a un muelle ilusorio, mi mundo es tóxico y leve. Pese a todo he construido un nido de algodones donde descansar de paredes, trenes que me miran, que miro, aquí, con cuarenta y cinco redondeces y algunas flores de invierno que resisten.

Y la canción continúa: Una lágrima se consume lenta sobre las mejillas de un ángel ateo. ¿Es sangre eso que enfría las arterias?

archivado en: fan de Cumbio