22.4.09

MDQ

En esta ciudad que desparrama astillas gitanas sólo huelo lo que quedó de ese perfume que entonces era único reconocible entre todos los perfumes. Como instintivo acierto de pingüina que regresa después de varios días con la comida en el buche. Intacta ofrenda a su prole de piquitos neuróticos, con la imperceptible intuición que aún subyace en el recuerdo.
El banco en la peatonal, la fe en esa juventud como porción última de urgencia.
Todo antiguo, lejano, fallecido.
Sin embargo el puerto, la avenida, mirar distraída a un punto borroso y descubrir, como resaltado en una nebulosa, el lugar donde el ansia fue lerda, contenida, muda.
La posición para que la sangre circulara en reversa y sus manos que temblaban de miedo, anunciando el cataclismo de amor que se vendría y vendería, más tarde, en un trueque de figuritas: la más difícil, la que habíamos conseguido después de mil paquetes, por treinta fáciles pringadas de tropiezos, de rebotes y de culpas.

En esta ciudad que esparce obscena su basura, el sol hace que el fantasma se evapore. La ilusión lagarta renace en un envoltorio de alfajor. Desde este ventanal veo a mi antiguo artilugio de espuma. En la rambla, el monopolio del hombre que ladra canciones y la gente que se agolpa a su alrededor baila. Presiento que tanta alegría es ilegitima, un compromiso ineluctable y forzado.
Como con las figuritas. Repetida obligación, deber, lo establecido por un grasoso inconsciente colectivo que no va a ninguna parte. Porque no es posible esquivar la decadencia: el arroyo congelado que circula debajo de los baldosones.
Pero más allá de todo lo pisado, la luna irresponsable nos contempla roja como nuestros ojos.
El café dibuja un humo y detrás de él hay un hombre que ama sin razones.
Esta alegría es tan frágil que casi ni se siente. Solitarios, exploramos nuestro planeta personal. Somos dos los que habitamos el destino de estos días.
Sus manos no tiemblan de miedo, sino de placidez.

En esta ciudad que destila fritangas y sudor, miro el cielo que hay en el techo y agradezco que el amor sea una calma tan suave que sólo podemos degustar como si fuera un trocito de chocolate con almendras, textura de cereales y de coco.
Entre tanto, en la vereda de enfrente, la gente ríe, baila, canta ingenua del precipicio agazapado a pocos metros de sus pies y el fantasma es tan torpe que es el primero en caer.

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