20.3.11

Poemas para leer con luna llena

I

De nuevo.

Limpia para el amor, y todas las grietas por adivinar, ventanas para abrir a unos metros del despertar perezoso, de la abulia como humo que contamina el salón principal de este planeta.

El día pasó como un relámpago. Tan veloz que no lo vi. Fue cerrar los ojos y caer en el barranco donde la mente no duerme e inventa historias. O recuerda premoniciones que sólo son deseos.

Las razones se llenan de hongos. Hay zonas a las que no hay acceso. Y es ahí, donde ellos decapitan al ser encantador, al que da vida y la mantiene. Entre tanto, el gran propósito es una huella de algo escrito y borroneado.


*cuando la luna se llena se viene a mi patio y yo salgo a verla hasta que su brillo me baña por completo. Debajo de mis pies veo un charquito plateado que se escurre entre las lajas*.


Guarida de amantes en la orilla del cementerio que es mi cuerpo, colección de muertos que pasaron, dejaron sus soles líquidos grises, rojos como chispas de besos clavados como carteles.

Recorro sola los pasillos del desconcierto, escucho los ronquidos, el sudor en las sábanas, hay varias puertas. No sé tras cuál de ellas se esconde toda la furia del vino que quedó en mis venas.

Nómada, las espinas de los años crecen a la vera del camino. Me quito los zapatos, el contacto con la tierra me limita, quiero irradiar como el océano, recoger destilaciones de la luz. Iluminar.

De nuevo.


II

Los segundos pasan y en su andar fragmentan el dibujo sutil que hace el humo del cigarro. Se desparrama en el aire, se bifurca, forma nuevos hilos finos grises, formas sensuales condenadas a desaparecer.
Un espectáculo en el cual detenerse en el instante en que transcurre. Arte efímero, como una escultura de arena, de hielo, como ciertas noches de ocasión, de ladrones que se meten en la cama y se llevan restos de sudores antiguos, un cabello atrapado en la funda de la almohada —todavía— que pone resistencia al ramalazo fatal del cambio.

Como en un sueño sin respiro, en continuado. La aguja atada a la vena, la espada balanceándose en el techo de una sala de terapia. A punto de caer sobre un cuerpo que convalece, de hacer partes de una parte, muchas partes que se vierten, tiñen las baldosas. El color de la sangre, sabiamente, eclipsa la blancura. El espectáculo, aunque parezca lo contrario, también es digno de ser visto. Lo dice la enfermera, lo dice el cáncer, lo dice el pulmón que gime a la derecha del decorado. En el rincón donde sólo hay sombras, donde el sueño se limita y el imposible es literal como esta luna llena.
archivado en: historias de lobizones y otros animales de poder