28.12.10

Canción de amor para chicos con problemas

Después de tantas madrugadas radiactivas, el mundo es el esqueleto de un ángel despistado. Seguimos. Enredándonos en absurdos furtivos, como encías que sangran al pedir un beso. Dejamos acomodadas en la silla otras alternativas que se aburren y una luz adormecida en cielos nebulosos depura amargores y eleva una breve eternidad que alcanza reposos andantes y errantes. Erradas, las piernas planchan caricias urgentes que escapan para encontrar el abismo.

— ¿Abismo está?
—Se está bajando los pantalones el cierre desabrochando botones. Despatarra el silencio y se envuelve en un juego en el que ganamos sin siquiera hacer alguna apuesta. Como por milagro. O destino.

Nos matamos a mordiscos sin palabras sin lamentos sin sospechas sin mediación. Damos caña al sonido primario de un orgasmo que nos calme por un rato infinito como cuando el universo es gentil y los satélites son barrios donde siempre podemos encontrarnos. Vos, yo y lo que no tiene límite; antes del ácido prensado en la laringe el fundido a blanco. Antes del feroz presentimiento de la muerte nuestra. De cada día.

— ¿Muerte está?
—Se está poniendo los calzones porque es tarde y hay una esquina que aguarda paciente una constelación de faroles que vencimos con la obstinación de un enfermo terminal.

Acaso espera el cuándo el dónde la vez próxima. Otra en que hayamos olvidado los olores y seamos estrenados entrenados para esta lata de aparearnos la vida, toda encima cada tanto, intacta como amor por correspondencia correspondido. Rodeada de butacas en un auditorio sin gente que mire diga juzgue opine sobre el thriller psicológico que escribimos los dos juntos, mientras esperamos la sangre y cosemos intrigas en pañuelos que no aceptan más moneda de cambio que el deseo.

archivado en: Retiro-Caseros (para no dormir)

12.12.10

Ensalada de granizos

Feta de luna mediamés se sostiene como un globo con hilito pero brilla como incienso, apenitas algo cítrico. La ventana apelmaza reflejos imperfectos, cubre el paisaje arrodillado. Miralo —pobrecito—, no le quiere perdonar sus maneras defectuosas, sus efectos manieristas.
Las casas, las cosas pasan rápido, no se salen del imán gravitatorio que rebana los esquejes y los ajos hacen quick a la sopa de vampiros, renacuajos, osos pandas en burbujas que no pasan por la aguja de los ricos, ojos rojos marihuanos que no engordan el ganado.

Hizo
falta
tanto
albatro
para
fundar
una
guerra.

Corazón tamaño kinder. Tan poquito que le sobra un hemisferio, le baila. Hay que tomarlo de alto, de ancho, de sisa, por asalto. Tan minusculito que no vio que yo probaba sus menjunjes y ahora no, ahora pintó un escabeche imaginario que adultera los minutos que andan l e r d o s como nardos.
Esta es una cinta interminable, últimamente hablo demasiado. Como mina encinta de palabras. Gente extraña se me acerca y me pongo en automático, en modo urgencia blablablá, a prueba de paciencias, de apariencias, de apareajes, a prueba de babas, vivas aguas del arroyo y Santa Fé.

Hay
momentos
en
los
que
ya
ni
me
remoto
la
idea
ser o estar.

Como si el control estuviese aligerado, pasa que no entiendo, en general al mundo, en particular seña ninguna. En principio fue el verbo, en finales estudié más no me acuerdo, lo aprendido se esfumó. Casi todo es humo amnésico, casi nada me quedó, se fumó solito el tiempo.
Es que soy no reteniente. Aunque supe charretearte a mis plumas unos días, por lo menos, porsiacaso algo hubo, si mal diciendo... como te venía: ¿cómo te veía sin mis ojos? ¡Arrésteme sargento!

Neuro
lingüística
de
la
liebre,
de
la
sangre,
la
pared.

Quince putas, diosmeliebre, ya pasó el tiempo del extrañe. Menos mal que está la abulia maya tejiendo sus bufandas, que sino no sé que haría con tantos almidones. ¿Con qué clase de utensilio se descorchan estos clones de vosmismo?
Vi luz y entré y acá me ves: dale —se buenito—, preguntame cómo estoy, así te invento una catarsis o un panqueque dulce leche. ¿Hagunos mates? O mejor té frío.
Te frío las pelotas, las pongo al plato y si me acuerdo —no te he visto—, te arrepiento de un tortazo o te desvisto así se oxidan tus biorritmos y el cooler se te traba para siempre.

A
ver
si
entendés
qué
es
incendiarse,
o
que
explote
tu
peluca.

Entre tanto, unas papas en la olla que parar. Tanto otoño amanerado por los soles, sólo sé que nada alcanza. Insuficiente: la palabra dice que no hay premio. Ni consuelo.
Ya ha pasado muchas veces, pero esta —disculpame—, tiene forma de omelette de rivotril. De cansancio, poco gusto, falta sal y condimentos, faltan muchas, muchas más inmolaciones, menos transas, sobre todo, más verdad.

Me
pareció
ver
una
linda
shakira
en
miniatura
baila
ombligo
y
entretiene
a
mi
amorcito.

Y la fiesta sigue en descoloque. Yo reparto mis camelias, condimento el estofado, te preparo golosinas, soy y luego olvido. Y me río, porque aquí no pasa nada más que lo inminente. Porque hay dos o tres grandilocuencias que se miran por tevé. Porque acá lo que queda es la vergüenza, el tango absurdo, desconfianza para siempre, un final anunciado y aburrido, un anuncio.
Y nada más.

archivado en: arte culinario y goma eva

8.12.10

Con respecto a esta mañana

Demasiado calor, después de una noche indescifrable, algunas vueltas y el sol que se mete por los resquicios de la cortina, el sol que invita (obliga) a levantarse.
Reflejos condicionados: encender el teléfono, recordar el último mensaje sin respuesta.
Sin respuesta. Porque no la hay. O porque la pregunta quedó en las inmediaciones anodinas del receptor, en algún vaso, en la luz roja (¡DANGER!), en el temblor de las toses, las babas, los dientes mordiendo la carne del costado de los dedos, el chasquido que hace un fósforo al arderse.

Entonces, los ojos como cáscaras secas que esperan vaya a saber cuál de todos los prodigios (improbables).
Después, prender la computadora y corroborar que afuera (adentro) nada digno de mención ha sucedido. Escribir sobre eso: la nada, lo que no es.
Una vez más. Marcha lenta hacia un desierto que inexorablemente nos encontrará ajenos, confusos, endemoniadamente solos.

Pero el patio está de parabienes: hay cuatro flores nuevas. Son rosadas. Son como un reflejo, algo que prolonga (apenas) cierta presencia insinuada en un contorno, un rastro breve, como cuando llueve en el verano y las gotas minúsculas son pequeños brillos que transcurren bajo la luz. Una sensación parecida a una plegaria o un deseo desesperado por salir del hambre famélico, inagotable; de las piedras, del pasaje hacia la sombra futura donde se pliegan narices y frentes, donde todo acaba de suceder para siempre.

Más tarde caminar. Hay una brisa que desaparece, en intervalos, el fuego de la calle. Hay un hombre con un carro repleto de botellas, hay una joven embarazada regando una maceta con jazmines. Ella es una panza descubierta, libre; un ombligo orgulloso, un comienzo.
Como entonces, cuando los días empezaban y algo se movía dentro, pececito amniótico dueño del sueño más suave, (más cierto).

Hay también una anciana (una loca), colgada del cuello del empleado del correo. Hay gente que pregunta cosas. Me pregunta cosas como si supiera o tuviese yo un cartelito indicativo. Igual respondo. Cualquier cosa, lo primero que me viene a la mente.
Hay dos cartas, hay semillas, hay que regresar a casa. Hay albures y una inercia que estimula a no pensar en malas suertes.

Avanzo. Sobre la avenida. Demolición, el esqueleto de lo que quedó de la CALSA (menem lo hizo), y la fábrica de huesos evacuando sus deshechos muy oronda. Exultante.
Veredas rotas, árboles (¿álamos?), restos de cal, arena, material de construcción, agua estancada, glicinas, olor a infancia. Gente que se amontona en consultorios, oficinas, pagos fáciles, bancos, negocios. Gente sudorosa, cansada, envuelta en una especie de vaho resignado.

Gente que trabaja.
Gente que trabaja mientras yo camino la mañana que termina a ciento ochenta grados de la cabeza que se quema, se hace humo espeso, como el que escapa de alguna de todas las chimeneas que aún viven por acá, cerca de casa.

archivado en: mañanas campestres

2.12.10

agua salada

—soy muy feliz —decía con la arrogancia de su inconsciencia perpetua o el aturdimiento del amor a estrenar.

las calles eran de arena, la diferencia al atravesarlas juntos era notable, distintas a otras calles, otros pasos.
nada parecía doler.
excepto los árboles y el dejà vous que traían cuando veía por detrás la luna y el agua concentrándose a su alrededor como una amenaza.
o una sorpresa.

—quisiera que te guste la luna tanto como a mí —dije, sin saber si lo entendía—. me refiero a todo lo que dije con luna, agua, recuerdos, porvenires, lugares, cosas por el estilo.

sus ojos, como brasas ínfimas, me recordaban casi todo el tiempo que estaba orbitando satélites narcóticos, y seguramente fue atmósphere el hilo indesatable que nos hizo entreverar cuando al fin la cama, cuando al fin los cuerpos aprendiéndose.

y los cuadros con motivos navales. también las figuras etnográficas del respaldo. hacerle el amor era como la mañana siguiente a un ritual chamánico.
como las naranjas.
despertarlo una especie de desvío, un volver hacia el fastidio mañanero, una empresa que sorteaba (por entonces) de manera bastante digna.
sin ruido.

tostadas frías que sobraron. desde la mesa pequeñita donde escribía cartas para no dormir (la hija de la lágrima apuñalaba el cuaderno) lo miraba y parecía un desparramo de piedritas importadas agridulces, ya no quedaba noche que abarcar, simplemente acostarme y escuchar un rato el breve ronroneo que hacía su nariz.

con él era así. hasta lo que no era ni sería nunca.
deliciosamente confuso, lejano.

archivado en: ocio y turismo