Ella va sentada del lado de la ventanilla con la mirada perdida en vaya a saber qué abismo. Su porte es en escala de grises y la comparsa que la rodea luce colores fluorescentes. El baile de barbijos floggers es evidente pero ella no lo ve, la tristeza la resguarda de la imbecilidad colectiva. La pena es su mejor compañera y sólo desistiría de la idea obsesiva, recurrente de atardecer la vida, si escuchara sus ruegos, si ella, la tristeza le pidiera que no la deje. Es que el mundo es demasiado solitario como pa' andarlo de a uno. Sin embargo, se sabe, la pena no habla, la pena grita, gime, pega alaridos, se silencia, duele, hace mil quinientos gestos, pero no habla. Es por eso que las vías brillan con el reflejo del sol y la mirada se ciega, el cuerpo es un límite ínfimo y el plano es sangre en blanco y negro.
En otra escena hay un árbol y un perro que olfatea los restos del derrumbe. Poco antes de los créditos, la tristeza guiña un ojo y el perro se le acerca. Ellos se entienden con más de mil quinientos gestos, sin palabras.
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