22.7.09

Acerca de la realidad mismamente ahora

Todo es flexible y levemente inútil, efímero, no existe lo permeable. Nuestros guantes son la funda pasajera que abrigará (durante un rato) las manos que ayer fueron fuertes, tersas, húmedas y hoy son nudillos inflamados que asperezan lo que tocan. Por darnos cuenta hacemos tantas cosas, gastamos tanto gasto y cuando allí, ella sentada nos muestra el camino más propicio, cerramos un ojo y vemos una casa crecida para recibir humo o calores que habitarán otros, que otros alindarán a sus maneras, que otros creerán merecer más que yo, que vos, que todos los peces del acuario que tuvimos relleno de pis crepuscular, goldfishes y piezas de backgammon.
Tengo el perdón que es el olvido aquí en mis manos. Tengo mi paz para que nos alcance. Ya no sueño el dulce muchachito y su montaña de deberes que cumplir, sólo quiero despertarme y saber que ya no estás, que el leve de lo inútil es lo suficientemente flexible como para que lo efímero sea impermeable a esta tristeza.

archivado en: 180 hojas separadas por color, perforadas y prepicadas

3.7.09

Apunte para un guión retobau

Ella va sentada del lado de la ventanilla con la mirada perdida en vaya a saber qué abismo. Su porte es en escala de grises y la comparsa que la rodea luce colores fluorescentes. El baile de barbijos floggers es evidente pero ella no lo ve, la tristeza la resguarda de la imbecilidad colectiva. La pena es su mejor compañera y sólo desistiría de la idea obsesiva, recurrente de atardecer la vida, si escuchara sus ruegos, si ella, la tristeza le pidiera que no la deje. Es que el mundo es demasiado solitario como pa' andarlo de a uno. Sin embargo, se sabe, la pena no habla, la pena grita, gime, pega alaridos, se silencia, duele, hace mil quinientos gestos, pero no habla. Es por eso que las vías brillan con el reflejo del sol y la mirada se ciega, el cuerpo es un límite ínfimo y el plano es sangre en blanco y negro.
En otra escena hay un árbol y un perro que olfatea los restos del derrumbe. Poco antes de los créditos, la tristeza guiña un ojo y el perro se le acerca. Ellos se entienden con más de mil quinientos gestos, sin palabras.

archivado en: escaleta porcina