31.3.09

Efecto granola en los dedos

Con el cigarro encendido, el pelo enmarañado y una boa constrictora en la sien, la mañana sucedió en el intento por recordar, sin conseguirlo, aquellas palabras, sonidos, sensación de duermevela que escribirían un poema por si acaso el tiempo decidiera dejarme sin nada, las maletas vacías, la hipótesis debilucha de un futuro, mera cuenta en el cuaderno impreciso de los días.

Los límites del fuego se esfuman en días de ceniza donde todos los libros, las historias son prestadas.

Yo quisiera acostarme en la cama de Alejandra, ser su esclava negra y, mientras duerme su eternidad, clavarle mis colmillos para beberme sus poemas; atacar a traición los hilos de Sylvia, la sal de Alfonsina e ignorar si aún sigo viva para ser indeleble, inmune a los arcoiris, para que el fin de la tierra sea una montaña de gente que se ha ido, de llamados que nunca se efectuaron, de manos con pañuelos.

Porque estar muerto es ya no escribir. Un presente arrepentido de tantos escondites.

Sin embargo ha llovido un poco, embarrado el patio parece bello, aunque haya pájaros dormidos para siempre, aunque el humo, la sonrisa ausente y la manía de volver al otoño sabiendo que allí no habrá un abrigo. Todo tan lastimado, sucio y hermoso como en el fin de una hecatombe, sin pisadas que rompan la monotonía los charcos.
Y tantas páginas por rellenar con nada, si a fin de cuentas no se llega a ningún sitio.

No sentir ni el cansancio. ¿Qué máscara ocultará tu máscara cuando todos los espejos se quiebren?

En este simulacro descienden las figuras que se ensamblan en el aire con la displicencia de un equilibrista.
Es tarde para involucrarse en la vida. Ya nos hemos engullido a nosotros mismos, caníbales masturbantes, sin fe, sin ideal, sin ganas porque las ganas son patrimonio de los vivos. Y aquí todo es silencio y hojas blancas. La energía desintegrada no conforma un alma.

Entre tanto, lamento no haber aprendido a levantar la voz lo suficientemente alta lo suficientemente enérgica las veces suficientes.

archivado en: andarán de vacaciones

10.3.09

El atolón Mutancio y el grumete Polimorfo (poema estilo chantilly)

Como una oscuridad ultraterrena.
Vapores y luces perdidas al final de la ruta.
Saltan conejitos.
Y hay un prócer que es tridimensional: de un lado es San Martín y del otro es Belgrano o bien Ángel Gallardo y Juan Bautista Alberdi.
Cualquier fantasía es posible a equis metros de distancia, miopía y mala señalización.
Amén de las frutas de estación.
Amén de la música.
Amén de la fatiga y el momento en que duelen todas, absolutamente todas las partes del cuerpo al unísono, antecediendo a la vibración, inquietud, deseo de contacto. Sexual, inflamable, tensión acurrucada en la semilla que despierta para cantar primero, contar billetes, cortar filetes de pescado, pollo deshebrar como una maya, fideo fino, fideo grueso, darse una vuelta por el pescuezo de un ingenuo erizo de mar.
Más tarde, verborragia, verborrea, diarrea de verbos, sustantivos, sujetos, predicados, quedarse sola (tenderse al sol) y cerrar los ojos, abrirlos a la espejura del sueño, penetrar en la dimensión donde nadie vigila la íntima esperanza que se aleja, como abeja descarriada, zángano en huelga empuñando un estandarte tan estándar que da asco, olor a poca cosa, alfeñique de alféizar suicida sin arneses, necesito suavecito, suavecito.
La abeja reina no admite a los enfermos que a punto están de ser encerrados en frascos de miel, polen y lamidas de un dios apático por tanto ciclamato y ciclotimia, hastiado de ser siempre el chupador, el chimpancé, el eslabón perdido, de luxe, algo apretado entre dos moléculas: no es átomo, no es desinflamante, no es avión. ¿Qué es?

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