16.11.12

viernes verne

Quint Buchholz


No cualquiera emprende una vuelta al mundo en globo y sólo en ochenta días; fundamentalmente teniendo a Honorine todo el tiempo quejándose y con reclamos continuos como corresponde a una bruja verdadera, gran mujer a la sombra de un gran hombre, como bien dicen los aforismos.

"Qué que si me vas a escribir, que fijate si el globo está bien inflado, qué ¿por qué no llevás a Michelito así se entretiene y de paso me deja de joder una temporada?
Es que sola no puedo. Y encima te vas de aventuras, vaya a saber con qué chiruza y yo me tengo que ocupar de todo. Si por lo menos en esta época hubiera Tele, Internet o Playstation. Pero no, ni eso. Al final ¿que soy?, ¿la burra soy?"

Julio escuchaba las demandas de su mujer como quién oye llover, en su mente no había lugar más que para sueños y fantasías. Los preparativos del viaje, la expectativa, la ilusión y también, un poco de temor por lo desconocido; ese mundo nuevo que iba a conocer y vaya a saber las inclemencias y obstáculos con los que se tendría que enfrentar. Se sentía inquieto y preocupado pero feliz, y eso, era tal vez lo que más le molestaba a Honorine que seguía lamentándose mientras preparaba un cantidad exagerada de vituallas.

—Te preparé una mudita y acá tenés una canasta con algunos víveres. Para que no extrañes la comida casera. Seguro que por ahí vas a comer cualquier porquería. ¡No me vuelvas gordo ni enfermo! —exclamó, ya resignada ante la indiferencia de su marido.

Julio, dentro de todo, era un tipo bastante organizado. Antes de partir, dejó la Rémington tapada con su funda, el vaso de ginebra lavado y un cartel prolijamente colocado en un atril que decía:

—Vuelvo en 80. Los amo.

Besó a Michelito y le dijo:

—Quedás como jefe de la familia, cuidá a tu madre que es un poco loca e insoportable pero es una buena mujer. Cualquier problema mandame la correspondencia vía la Asociación de Colombofilos. Acá te dejo la dirección, portate bien y hacé los deberes.

Michelito le sonrió y le dijo:

—Vos fumá, que yo me encargo. Si podés, a la vuelta traeme una brújula para mi colección. O soldaditos. Y alfajores, no te olvides de los Havanna si pasás por Mar del Plata.

La mujer, ante lo inevitable no tuvo más remedio que abrazar a su esposo tiernamente y despedirlo con lágrimas en los ojos.

Mientras Julio se alejaba por el cerco de madréporas violáceas, Honorine gritó:

—¡Aunque sea traeme un perfume!

Tiempo más tarde, al hogar Verne llegó una encomienda con algunos de regalos y una carta que decía:

"Queridos míos:

Mi regreso se prolongará un tiempito más. Enganché una promoción especial y me voy a hacer un viaje submarino de veinte mil leguas.
Después, si todo sale bien, es probable que vaya al centro de la tierra

No duden de mi amor.
Volveré y seré el amo del mundo".

archivado en: cuentitos de taller

No hay comentarios.: