24.8.07

Tutiplén a todo lo que pasa


Miguel Abuelo-Buen día, día

Soy todos tus olvidos y de todos tus olvidos aparece mi alimento

Hay una línea que termina justo en el límite entre la luz verde y el cosito estrellado. Al cerrar los ojos, la línea desaparece. Es allí, en ese exacto momento en el que me encuentro totalmente perdida, como quién manotea la nada, como quién juega al gallito ciego a solas.


Tu dolor es amor transformándose en mundo, todo lo de buscar ya fue encontrado, creciendo vengo desde este antiguo informe y una caja es tu cuerpo donde el dolor no cesa.

Y estas ganas de llover por años, de que el hueco de tu espalda sea sólo sombra que regresa convertida en una luz que pueda dibujar estrellas, repartiendo cristales que no estén rotos.

Nos hicieron. Nos deshacen. Engendramos el barro de los puertos que no tienen barcos que zarpar, avistamos ciudades despojadas por la ira de las aguas o el feroz complot del fuego.


Embelésate ahora que estas vivo, esté mundo era ya una loquería

Las esferas enérgicas de líneas gruesas, desparejas, giran como un ula-ula dislocado y vos estás en el medio del miedo tratando de no marearte, de acompasar el ritmo, de hacerle palmas a esta melodía tenebrosa, convertirla en sinfonía que renace, pajaritos y brillos, sin embargo las manos se acobardan, las piernas no resisten tanto bamboleo y te caés en un sinfín de pesadillas que no querés ver, de esto no se habla, no se habla del abuso, no existe tal cosa, no se habla del abuso.
Y dar de vuelta. Mezclar las cartas, esperar que está vez la suerte te acompañe, ya no sos principiante en el acto de ganar o de perder, ya han pasado demasiadas partidas y tenés que esperar la llegada, con paciencia, con esos retazos de esperanza que alguna vez eran impensables porque estaban ahí, a tu alcance.


Que suba lo que crece, lo que se aparta, aparte, lo que vino se encuentre, lo que se fue se vaya. Aquí voy yo.

Cuando no quiero pensar en nada, pienso en durmientes, esos de quebracho que se apilaban en el campito de la vuelta de casa. En lo que quedaba de la vieja estación Pereyra, paso entre Rubén Darío y Ejército de Los Andes.
Cuando pienso en durmientes, pienso en cantidades de gatitos, en diferentes generaciones de gatitos que, con mi hermano y los chicos, cuidábamos como si nos fuese en ello la vida. Y lo que se iba era la vida de ellos, inexorable aplastada bajo las ruedas del tren.
Cuando pienso en el tren, pienso en Ramón. En la familia de Ramón saludando al tren.
Cuando pienso en la familia de Ramón pienso en Beto y el transplante que nunca llegó, en Domi y su cansancio, en la risa contagiosa de Rubén.
Cuando pienso en Rubén, pienso en los fulbitos, en las Killing, en los teros que eran más domésticos que cualquier animal doméstico, en el campito de Pereyra.
Cuando pienso en el campito de Pereyra, pienso en el maestro Benítez y los concursos de manchas, en la casa embrujada, en el primer amor y en montones de corazones dibujados con tiza en los durmientes.
Cuando pienso en durmientes es cuando no quiero pensar en nada.


Oí, oí, oí que hermoso río que suena en ti llamando, humano, humano, humano...

Estábamos buscando entre las pelusas que habitan los resquicios oscuros de los zócalos. Una molécula intentaba darnos algunos consejos respecto a leyes de convivencia y cuestiones de menor estatura. Allí fue cuando nos dimos cuenta, tuvimos real conciencia de lo que somos, de aquello en lo que nos convirtieron.


¿Por que traficar la lozanía que hay en tu alma?

Debe ser, supongo, la sensación que tiene un chorro minutos después del asalto al banco y minutos antes de que lo atrapen. Abrazar tanto dinero, sentirlo propio, felicidad efímera que, debe ser, supongo, recordada infinitas veces en la oscuridad de la celda.
Hay cosas maravillosas que duran muy poco. Y esa sensación es la que hace que valgan la pena.


¿Y si hubieras contraído compromiso con la muerte? ¿Y si hubieras muerto acaso?

Ponele que estás en la ribera del Río de la Plata contemplando el horizonte y se te da por hacer patito con una piedra. A pesar de tu accionar, podrás comprobar que nada se vuelve inestable.
En el sistema caótico las cosas tienen una armonía y control que disipa el impulso de dominar a la naturaleza.
Es por eso que debés resistirte a lo impredecible, a la incertidumbre de la vida.
Ponele que igual esperás que pase algo grandioso. Por ejemplo, que, de repente, aparezca un barco pirata y derribe de un cañonazo ese chiringuito que cobra el capuchino diez mangos.
O mejor, que de pronto el paisaje se convierte en Chapelco y todo el mundo sabe y puede esquiar.
De todas maneras, la suerte está echada, así que no te preocupes por ninguna de estas cosas. Ni por las otras.


Pobre eres si no llevas repletas las arcas de tu corazón. Idiota perdido aquel que no se reconozca en un odio insensato. Que imbécil no verá su pasión mas desjuiciada

Fue bello, intenso, desmedido, patológico. Su sadismo alimentó mi masoquismo, me hizo débil, temerosa, sometida, adicta a sus palabras, enferma de su aire. Lo amé y odie en medidas proporcionales. Nunca voy a olvidarme de él porque debo recordarme todo el tiempo adonde hay que pisar, cuál es el charco que saltar para no hundirme en el fango.


He venido a mover y darle marcha a la fanfarria, me fecunda la música que tonifica y cura

Y era como un flash-back, todo venía demorado. Las ideas atrasaban y jamás tuve tanta conciencia del olvido inmediato. Yo decía, por ejemplo, "algún día la cosa tiene que mejorar", con la plena seguridad de que esa frase venía a cuento de algo anterior que, tal vez tuviese alguna importancia; con la real certeza de que el siguiente pensamiento tendría que ver con esas palabras que en su momento no recordaría.
Más tarde, fue hermoso escuchar mis propias palabras en otras voces. Nunca me había pasado. Eso de reinterpretarme.
Escucharlas como si pasaran por detrás


Adiós barcos anclados sobre torrentosas aguas


Me dicen que deseche la Actitud Mucho Migré, que me encuentre en algún parque con mi corazón preadolescente y me despida de él para siempre, sin lágrimas, que pueda vislumbrar los puntos intermedios; entre el blanco y el negro hay una escala infinita de grises que me podrán acomodar la materia laxa de la pena, me dicen que estructure, que me coma las palabras y también me dicen que las saque, que escriba, que el mundo tiene enormes recorridos que aún no he caminado, me dicen y debo escuchar, pegarle el cachetazo a quién lo merece, aunque ya esté muerto y deba ir a buscar cada átomo de sus cenizas, me dicen que tengo que escupirlo y es que ya no queda nada de él y sin embargo está aquí, en mis reclamos, en mi espíritu frágil, caprichoso, en mis pataleos torpes que hacen que me aleje de la idea de un gobierno de mí misma. Me dicen que salga y eso voy a hacer.


Elásticos enhebradores de deseos, bravos Napoleones sin batallas

Me compré pullover y medias peruanas. Creo que ya estoy lista para el frío o para hacer la revolución.


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