20.4.07

Es sólo un fantasma del viejo pasado que ya no se puede resucitar

1.
Seria como bragueta de manicero conmemoro y sinmemoro el renacimiento de las ciencias y las artes, egoroto, ergo existo, ¿cogito? ¿quién sabe? Ensimismada de enzaimadas lo aprendí y me dije: - ¡es menester festejar! Con asado o sin asado. ¡Alegría! ¡Alegría! He aquí el cántaro que vuelve a la fuente pero no a la misma y por ello no se rompe o se rompe pero en forma transversal porque ahora sabes bien que los planes no pueden prosperar. Pues entonces celebrar que son dos días y yo adoro esos ruiditos y también el infame momento en que termina y no hay pito que tocar, ni matraca a sacudir, ni revuelto a gramajear.
Las calles con viento y el río ganancia otoñal anhelando mis glúteos de nácar de otrora ¡que risas!, después, que pena, ahora nada, nada, nada queda en tu casa natal y si te he visto (no acuerdo), si te desvisto es para recordarte y los taxis que no vienen, se avecinan los vecinos, los hermanos y los primos, se avecina el 39, volveré y seré billetes, volveré, volveré a tañirme el pelo como cuerda dislocada y a untarme de antifrizz.
Poco importa, pasó un siglo de no estar en esa la nube locatonta y mi lego arma castillos con pastillas sin jardín que se bifurque, insustancia pura y dura, que nada vegetal ya puede herirme, ¡que rica tu boquita abourbonada!, aunque dura, dura poco y cuántas ganas, madre mía, rozan límites de sopor más soportable.
Lo hice. Todo pasa y en un siglo ves que nada es inmortal, ni tan serio, ni inmoral, ni tan tremendo como el mono tremendo y el mono pasa, se atenúa el síndrome y te olvidás que existe.
Hoy me quiero felicitar. Prueba superada.


2.
La fantasía consistía en tomar el tren en Ejército de los Andes y no en Rubén Darío (la estación más cercana) y así ver, desde el tren, mi vieja casa, el potrero, los amigos y mi hermano jugando al fútbol; los durmientes apilados que hacían de "casitas", la familia de gatos que cuidábamos y se reducía diariamente por la fuerza poderosa y eléctrica de las vías o el brutal ataque de Nerón, el perro asesino.
En realidad no sé porqué jamás lo hice. Supongo que por pereza. Ejército de los Andes estaba a unas doce cuadras y caminar para ese lado no era frecuente ni placentero.
Por esas raras cuestiones del azar hoy tomé el tren allí y me senté cómodamente en la ventana que da al campito. Por reflejo, inercia, o acaso rutina inconsciente, hice lo que siempre hago cada una de las veces en que me ubico dispuesta a llegar lo más rápido posible: abrír el libro de rigor y disponerme a leer.
En la estación Lourdes me di cuenta que había desaprovechado la oportunidad de ver, desde el tren, mi vieja casa, el potrero, los amigos y mi hermano jugando al fútbol; los durmientes apilados, la familia de gatos...
Sentí una cierta pena, pero no muy profunda porque en Fernández Moreno supe que mejor, que nada de eso ya está ahí, que todo eso está conmigo.
Siempre.

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