10.7.06

Relato acerca de las ilusiones fosforescentes de la vida

A Viguita con soles que encandilan


Al Abrojo lo trajeron una tardecita de febrero. Hacía pocos días que habíamos llegado de Mar del Plata y todavía me acuerdo que a mi hermano y a mí nos habían empezado a aparecer los primeros jirones de piel descamada que se parecían a cuando te ponés plasticola en la mano y, una vez seca, te la vas sacando despacito.
Nos gustaba hacerlo, a mi hermano y a mí. Él se ocupaba de mi espalda y yo de la de él, aunque cada vez que veíamos una porción suculenta de peladura, la tentación de pegarle el zarpazo era enorme, aunque la piel reseca no estuviera en ninguna de las zonas que nos correspondía a ninguno de los dos. Y ahí empezaban las peleas, las quejas:
-Má, retalo, me sacó la pielcita y me lastimó.
-Má, fijate lo que me hizo esta tarada acá.

Tal vez fue por eso: para que nos ocupáramos de otra cosa, o porque en diciembre se lo habíamos pedido a Papá Noel, yo no sé.
Lo cierto es que esa tardecita de febrero fue uno de los días más felices de mi vida.
Abrojo no vino solo, junto a él trajo su cucha, su platito para la comida y un recipiente para el agua. También un cepillo de alambre con el que no nos cansábamos de tratar de sacarle las rastas que se le formaban detrás de las orejas.
Abrojo era un perro grande, tenía varios años pero el comportamiento de un cachorrito. Jugaba mucho, tanto que a mi hermano y a mí nos dejaban cansados, más cansados que los días de torneos de hockey míos o después del fútbol de mi hermano.
Mamá no quería que Abrojo entrara a la casa porque le ensuciaba el piso, se subía a los sillones y llenaba todo de pelos, pero a nosotros no nos importaba, pasábamos el día en el jardín, corriendo detrás de una pelota por la que Abrojo se desesperaba.

Cuando empezó el cole ya no quedaba tanto tiempo para jugar, pero yo igual me las ingeniaba para llevar los cuadernos afuera y hacer la tarea al sol. Escribía lindas redacciones que a mi maestra de lengua le encantaban, siempre encontraba la excusa perfecta para hacer a mi perro el protagonista de la historia y, si no la encontraba porque la consiga era escribir una redacción tema: la vaca, me las ingeniaba para que el mejor amigo de la vaca fuera Abrojo.
El día que Abrojo me robó la cartuchera y me comió casi todos los lápices Mamá se enojó mucho, se enojó mucho más que cuando mi hermano le rompió el vidrio de la ventana del living de un pelotazo. Nunca la vi tan enojada a mi Mamá.

Al día siguiente, cuando llegamos del colegio, Abrojo no estaba. ¡Se había escapado!
¿Pero cómo lo había hecho si en casa había un tapial altísimo que ni mi hermano ni yo pudimos escalar nunca? ¿Cómo pudo hacerlo, si el día que papá perdió las llaves tuvimos que pedirle una escalera al vecino para poder entrar a casa?
-Seguramente estaba alzado y se fue detrás de alguna perrita. No sabés las cosas increíbles que son capaces de hacer los perros cuando están en celo -dijo Mamá.

A mí me sonó muy convincente porque me acordé de Nerón, el perro de la nena de enfrente, que cuando se enamoró de Duquesita, la collie del alemán, hizo un pozo de más de medio metro para meterse por abajo del portón de chapa, casarse con Duquesita y hacerle nueve cachorritos que eran feísimos, parecían gremlins cuando se ponen malos.
Me acuerdo de los gritos del alemán, del llanto y la bronca cuando se enteró que le habían ultrajado a su perrita. Durante una semana, en el barrio no se habló de otra cosa: del problema de la inseguridad.
Sí, los perros hacen cualquier cosa por amor y yo estoy segura de que Abrojo también: ¿pero saltar tantos metros? ¿subir ese paredón sin escalera?
Alguien tenía que haber dejado la puerta abierta, pero no lo creo. Mamá era muy cuidadosa con eso. Mamá era una persona muy cuidadosa con todo. Mamá jamás hubiera dejado la puerta sin llave, y abierta, mucho menos.
Papá tampoco, además papá se iba a trabajar antes que nosotros al colegio y mi hermano y yo estábamos seguros de que cuando vino el micro a buscarnos, Mamá, después de saludarnos, entró a casa. La puerta quedó cerrada y Abrojo adentro de casa con ella.

Yo no lloré. Sabía que Abrojo iba a volver e incluso pensé que lo haría con su esposa y sus hijitos y pasé muchos días contenta, esperando, imaginándome el jardín lleno de cachorritos. Empecé a elegirles nombres. Iban a ser siete. Sí, siete y no nueve, porque a la Duquesita se le murieron dos y yo no quería que a Abrojo se le muriera ninguno. Por eso iba a tener los justos: siete, tres varones y cuatro nenas.

Ahora que la familia iba a agrandarse era necesario arreglar el jardín. Íbamos a necesitar varias cuchas más. La de Abrojo iba a quedar chica para el matrimonio, así que había que construir otra más grande. En la de Abrojo podían dormir los bebés hasta que crecieran, mientras tanto, veríamos como nos arreglábamos. Era una situación difícil, pensé que capaz que teníamos que regalar alguno y la sola idea me daba unas ganas de llorar terribles.
Pero la realidad es así (eso ya lo sabía de chiquita, lo aprendí cuando por exceso de estudiantes dividieron el curso -Flor, mi mejor amiga, y yo íbamos al A- y, después de la partición, Flor quedó en el C. Las dos tuvimos que aprender a vernos sólo en los recreos), y la realidad de ahora indicaba que algún cachorrito seguramente no se iba a quedar en casa.
Entonces dictaminé que quedarían cinco: dos se regalaban. Uno se lo iba a dar a mi abuela, a la que hacía poco se le había muerto la gatita y el otro se lo iba a regalar a mi prima Sandri que se murió de envidia cuando conoció a Abrojo. A mi tía Mirta la íbamos a convencer enseguida, porque, aunque decía que no le gustaban los perros, Mamá me había contado que cuando era chiquita se la pasaba coleccionando figuritas de animales, así que persuadirla sería tarea fácil.
Se lo dije a mi hermano. Le dije que teníamos que construir una cucha grande para cuando Abrojo llegara con su familia y él estuvo de acuerdo. Fuimos al cuarto de las cosas que no se usan a buscar la cucha para ver cómo estaba construida, para sacar el modelo y buscar los materiales necesarios. Además queríamos mantener un estilo similar, queríamos que Abrojo no extrañara su cucha vieja y teníamos que hacerla lo más parecida posible. Pena no saber el nombre de la esposa, pero no importaba, ése lo escribiríamos en el frente después. O mejor pondríamos: "Abrojo y Sra", "Familia Abrojo" o alguna de esas frases lindas como "bienvenidos a nuestro hogar".
Había muchas cuestiones que resolver, pero lo primero era encontrar la cucha y por eso pensamos que el cuartito era el lugar indicado.
Allí había miles de cosas viejas: un karting de mi hermano desvencijado, mi primera bicicleta sin ruedas, una máquina de cortar pasto que no funcionaba porque el "inútil del jardinero" no la dejó a "buen resguardo" y se mojó con la lluvia -según dijo Mamá un domingo en el que a papá se le dio por cortar el pasto de la vereda y casi se muere electrocutado-, montones de herramientas, cajas vacías de electrodomésticos porque las cajas hay que guardarlas hasta que venza la garantía, la bolsa con el arbolito de navidad desarmado, carpetas y cuadernos de años anteriores de mi hermano y mías, revistas Humor que mi papá había coleccionado y se resistieron al Parque Rivadavia, a pesar de la tediosa insistencia de mamá, y muchísimas cosas más.
Pero la cucha no estaba. Ni la cucha, ni el platito de la comida, ni el recipiente del agua. Tampoco el cepillo de alambre.

Ahí lo supe: Abrojo no iba a volver. Abrojo se había ido con su casa y todas sus pertenencias. Abrojo se había mudado porque eso es lo que hace la gente cuando se casa. La gente y los perros.
-¡No seas tarada! -me dijo mi hermano-, ¿cómo hizo Abrojo para saltar la tapia con cucha y todo?
-Es fácil, idiota: Abrojo aprendió a volar, aprendió a volar por amor.



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