18.7.05

Terapia de Julio

Creí que me había muerto y que
la muerte era repetir un nombre sin cesar

Alejandra Pizarnik


Cuando todavía no había puestas en escena tan ingratas, estaban las muñecas (eran siete).
Yo dormía acurrucada en un cuarto de la cama. Cada una de ellas descansaba a mi lado en hilera y mi sueño era intranquilo, yo debía cuidar a mis muñecas, debía protegerlas de caídas, del frío, de la noche y los fantasmas que habitaban el altillo.
Después llegó él con su sádica manera de probarme que la vida no venía troquelada, que tenía que usar tijeras afiladas, parcelar cada momento, domesticar a la inocencia, no creer en suicidios con genioles, ni en delirios místicos de un día y tampoco en que el amor era algo parecido a coca-cola en el bar de justo enfrente, ni dominio de los àngeles guardianes.
El tiempo hizo su llaga y la gran contribución de los demonios vino siempre tras un vidrio que, a pesar de hacerme muecas, me ignoraba como se rechaza a un mendigo o a una verdad.
Cuando las horas no eran tan insuficientes, cuando la gran preocupación era uno mismo, yo cuidaba las muñecas de (en) mis brazos.